A lo largo de los años, me he encontrado con una parte de mi personalidad que analiza constantemente las situaciones con la intención de tomar mejores decisiones o alcanzar los resultados que desea. El problema no está en querer lograr ciertos objetivos, sino en que el sobrepensar conduce muchas veces a la inacción o a una duda sistemática que impide reconocer la realidad tal como es.
Permíteme elaborar este tema. Estamos muy acostumbrados a creer que pensar es lo que nos permite dar solución a los problemas o a los retos del día a día; sin embargo, el pensamiento, cuando no proviene de una mente entrenada, puede convertirse en un virus que se expande y engendra miedo. Por ello, es importante aprender a reconocer aquellos pensamientos que, lejos de llevarnos a buen puerto, nos conducen a la parálisis, a la no acción y al temor.
Si bien la mente no tiene nada de malo, es posible reconocer que muchos de nuestros procesos internos están sostenidos por expectativas, creencias e ideas que provienen de condicionamientos culturales, familiares o sociales. La influencia es tan grande que pocos logran darse cuenta de que muchas de esas ideas no provienen realmente de sí mismos.
Un Curso de Milagros dice: “Has sido demasiado permisivo con la divagación de tu mente”. Hemos dejado que la mente piense lo que quiera y nos lleve, como un río, hacia donde la corriente decide. Hemos olvidado que somos nosotros quienes podemos ser los capitanes y decidir la dirección en ese río de ideas y pensamientos. En mindfulness se habla de dos realidades: la realidad mental y la realidad inmediata.
Tal vez estás en una conversación con alguien de tu trabajo y lo que esa persona dice no te hace sentido; quizá porque crees que no es congruente, que no debería expresarse de esa manera o simplemente porque consideras que está equivocada. Esa interpretación ocurre únicamente en tu mente; la realidad inmediata es que la otra persona solo está expresando una idea.
El otro día, en mi trabajo, me encontré profundamente estresado porque los pendientes no fluían ante la constante solicitud de mis compañeros para atender otros asuntos y mi propia incapacidad de mantenerme atento: “César, ayúdame con esto”, “César, ¿puedes cubrir aquello?”. Mientras tanto, en mi interior se gestaba un caldo de frustraciones que me llevaba a pensar: “Déjenme en paz, necesito terminar todos mis pendientes”. Estas sensaciones y emociones fueron creciendo hasta hacerme sentir exhausto a las dos de la tarde, como si hubiera dormido cuatro horas y trabajado dieciséis seguidas. La pesadez en los ojos era tal que pensaba que necesitaba más café, más estímulo para aguantar el resto del día. Y si eres curioso, notarás que mi lenguaje era sobre lo que los otros me hacían, responsabilidad sobre mi sentir y mis propios pendientes, not fouuuuuund
Sin embargo, al revisar unas notas de clases de meditación, leí que vivir atrapados en los pensamientos nos separa de la creatividad, de la espontaneidad y de las sorpresas que la vida nos ofrece. Algo hizo clic en mí, porque justamente me sentía bloqueado, sin ánimo y con una visión pesimista de todo.
Esto me llevó a levantarme de mi escritorio, salir al jardín y, de pie, permitir que la luz del sol me tocara con total intensidad. Cerré los ojos, respiré profundo varias veces y simplemente sentí mi cuerpo. La mente guardó silencio y me permití sentir las sensaciones físicas: el movimiento de la respiración, los sonidos a mi alrededor, los cambios de temperatura, la presencia de la naturaleza y su propio lenguaje. Fue liberador, pero sobre todo, energizante. Eso, querido lector, es la realidad inmediata.
Cuando sales de la mente, del pensamiento constante y de los procesos mentales, y te permites únicamente sentir lo que el cuerpo ofrece, la experiencia de la vida cambia por completo. Hacerte consciente de la temperatura de los pies o de las manos, reconocer cómo el abdomen se contrae con cada respiración, puede ser suficiente para dejar a un lado la mente y simplemente ser.
A veces, lo más sabio y energizante de nuestro día a día es parar. Sentir, en lugar de pensar, nos permite ver la vida con otros ojos. Después de este ejercicio, que no me llevó más de cinco minutos, mi día cambió. Si bien todo es cambiante, algo permaneció constante durante la tarde: la sensación de presencia. Y con presencia, vives; pero vives de verdad, no desde la mente.
Vivir desde la mente genera frustración y ansiedad, porque los pensamientos suelen estar cargados de pasado y de futuro, evaluándolo todo y, sobre todo, dejando pasar detalles únicos y momentos irrepetibles. La invitación, como siempre, es a practicar. ¿Qué practicar? Meditación mindfulness: aprender a vivir en el presente y a estar presente, reconociendo que sí, los pendientes están ahí y probablemente seguirán, pero incluso atenderlos desde la presencia es diferente, más ligero, más liberador.
¿No es emocionante pensar que puedes vivir así? Por eso, te invito a las clases de meditación sabatinas que estaré impartiendo de manera completamente gratuita, a las 8:00 a.m., vía Zoom. Si deseas inscribirte, déjame un mensaje y con gusto te escribiré para compartirte toda la información.
Con amor,
César
